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04 febrero 2021

Escándalo en el Senado (II): amenazas y agresiones

    Con todos los antecedentes comentados en Escándalo en el Senado (I): la carta del general Aguilera, se llegó al jueves 5 de julio. Los graves sucesos que ocurrieron ese día en el Senado marcaron la jornada, pero cabe destacar también las graves acusaciones que el diputado don Arsenio Martínez de Campos y de la Viesca, marqués de la Viesca, realizó a última hora en la sesión vespertina del Congreso. En la Cámara Baja o Cámara popular, como se la solía llamar, se estaban debatiendo las responsabilidades políticas por la derrota de Annual. En un momento del debate, el marqués de la Viesca anunció lo que ya eran más que rumores desde hacía tiempo: la proximidad de un golpe de Estado con el general Aguilera como cabeza del mismo.

    «[…] Podemos afirmar, debemos afirmar, y yo tengo la obligación de decirlo en la Cámara, que hay un centro revolucionario en estos momentos; que antes se conspiraba más allá de las fronteras, pero que ahora se conspira en pleno Madrid; que se tiene hasta formado el nuevo Gobierno e inclusive ultimada la lista de gobernadores.»[1]

    En el mismo discurso, incluso afirmaría la presencia del ministro de Fomento, don Rafael Gasset Chinchilla, en ese nuevo Gobierno resultante del golpe.


Portada de ABC del 6 de julio de 1923 en la que puede verse la Plaza de los Ministerios
(hoy de la Marina Española) llena de coches y gente a la entrada del Palacio del Senado.

    En el Senado se vivía un ambiente pocas veces visto. A las tres de la tarde, senadores, diputados, periodistas, llenaban los pasillos del Palacio a la espera de que comenzase la sesión. Salvo en las sesiones regias de apertura de las Cortes no se recordaba una expectación de ese nivel. Y no era para menos, todo el mundo quería saber qué iba a decir el general Aguilera en la sesión de esa tarde. Fueron llegando al Palacio el presidente del Consejo de Ministros y el resto del Gobierno, que acudieron a saludar al conde de Romanones a su despacho. En el despacho central de la Presidencia a parte de los ministros y otras personalidades políticas, se encontraba también el jefe del Partido Conservador, don José Sánchez Guerra. Éste había acudido para hablar con el presidente del Consejo de Ministros a raíz de una nota que le había llegado con unas palabras que el general Aguilera habría pronunciado la noche anterior, unas palabras insultantes y groseras.

    Mientras tanto, llegó al Senado el senador Sánchez de Toca, que acudió al salón de sesiones a tomar asiento. Poco después, tras él llegaría el general Aguilera, acompañado por el general Burguete, que procedería de igual manera, no sin antes verse rodeado por fotógrafos y periodistas. Al rato de sentarse en su asiento, un secretario de la Mesa le informa de que el conde de Romanones quiere verlo en su despacho. Reunidos el marqués de Alhucemas, el general Aizpuru, Aguilera y Romanones en el despacho del presidente, éste solicitó al general que diera las explicaciones oportunas acerca de las palabras que el jefe de los conservadores les había mostrado. Aguilera expuso que la primera parte de la nota, la referida a los insultos no era exacta, pero que la segunda sí, en la que se decía que si se cursaba el suplicatorio contra él para procesarlo, como la calle y el Ejército estaban con él, lo impediría.

    A las cuatro y cinco minutos de la tarde se oye por los pasillos la campanilla llamando a la sesión, pero el presidente del Senado seguía en su despacho y los pasillos estaban repletos de políticos y periodistas. La campanilla dejó de sonar y la sesión retrasó su comienzo. Tras dar sus explicaciones, el general Aguilera salió del despacho del presidente, en vez de por la puerta que da al pasillo, por la puerta que da al despacho central de la Presidencia. Allí se encontraban entre otros parlamentarios los diputados don Eugenio Barroso Sánchez-Guerra, don Manuel Brocas Gómez, don José Abril y Ochoa y el ya mencionado don José Sánchez Guerra. Éste y Aguilera se saludaron cordialmente y entablaron un diálogo relativo a la nota que había presentado el jefe de los conservadores.

    También debió salir el tema de la carta a Sánchez de Toca y el general Aguilera en un tono sosegado hizo alusión a que la epidermis de los militares es más fina que la de los civiles en cuestiones de honor. Sánchez Guerra no pudo contenerse y claramente ofendido le dijo «que el honor es igual en los civiles que en los militares; es privativo del hombre, pero no exclusivo de una clase. No es nuevo esto en mí, que lo vengo diciendo desde muy mozo, y, por mi parte, no toleraría una ligera diferenciación de honores con merma de los hombres civiles»[2]. La excitación de ambos iba en aumento y Sánchez Guerra castigó las duras palabras del general dándole una bofetada. Los allí presentes se abalanzaron sobre ambos para separarlos y sujetar a Aguilera. Fue tal el revuelo que se formó que el conde de Romanones salió de su despacho, ordenó salir a todos y que cerraran las puertas, aunque a los pasillos ya había llegado el rumor del altercado. Quedaron dentro los dos presidentes (el del Senado y el del Consejo de Ministros), Sánchez Guerra y los generales Aguilera y Aizpuru. El conde de Romanones les encomió a zanjar allí mismo tan desagradable altercado y de buenas maneras ambos cedieron, se estrecharon la mano y quedaron reconciliados.


Viñeta humorística alusiva a la bofetada.
Blanco y Negro, 15 de julio de 1923, p. 29.

    A las cuatro y cuarto y volvió a sonar la campanilla llamando a la sesión. Lo acontecido minutos antes era ya conocido por todos y corrían comentarios alusivos al general Aguilera y a que se quería erigir en dictador. Al ver salir de la Presidencia al jefe de los conservadores, un gran número de senadores lo ovacionaron y apoyaron, lanzando vivas al Poder civil. Una ovación clamorosa que Sánchez Guerra se apresuró a callar diciendo que no había nada del Poder civil en aquello, sólo asuntos de caballeros. Otros senadores se aproximaron a Aguilera para acompañarlo a su entrada en el Salón de Sesiones, pero lo rechazó: «no necesito que venga nadie conmigo»[3]. Segundos después, los pasillos del Palacio quedaron desiertos. El Salón de Sesiones lleno hasta la bandera con senadores y diputados en sus asientos; las tribunas, llenas también.

    A las cuatro y veinte minutos de la tarde se abrió la sesión. La presidía el conde de Romanones y en el banco azul estaban el presidente del Consejo, marqués de Alhucemas, y los ministros de Gracia y Justicia, Marina, Guerra e Instrucción Pública y Bellas Artes. El general Aguilera puesto en pie dio comienzo a su discurso alegando que «la carta que escribí al Sr. Sánchez de Toca la sostengo en todas sus partes: iba dirigida a la persona, no al Senador; creí que iba a tener la debida contestación. Y en vez de esto, he visto que ha plegado sus alas y se ha guarecido bajo el amparo de su investidura de Senador»[4]. Ante estas declaraciones se levantaron grandes rumores en la Cámara con alusiones a la provocación al duelo que planteaba el general Aguilera. El conde de Romanones se esforzaba una y otra vez en poner orden haciendo sonar la campanilla.

    Respecto a los rumores difundidos en la prensa acerca de que se pretendía remitir un suplicatorio al Senado para procesar y poner en confinamiento al general Aguilera, éste prosiguió: «Yo he de manifestar – para terminar – que en el cargo que hoy desempeño estoy dispuesto a perseverar hasta que se me destituya, porque el que me conozca sabe que jamás deserto de los puestos de honor. Ahora, espero que el Senado evite el atropello que conmigo se quiere hacer; pero si el Senado, con las personas que lo constituyen, de tanto relieve y de tanta consideración, no estudian bien los Reglamentos interiores, no meditan y escogen los procedimientos y se me atropella, yo espero que la opinión, y con ella la gente, me harán justicia»[5].

    Ante semejantes palabras, las protestas por todo el Salón de Sesiones fueron numerosas y enérgicas. El presidente puso todo su empeño en acallarlas y poner orden entre los senadores, pero no lo logró, de forma que no se consiguió oír lo que continuó diciendo el general. Finalmente, Romanones le dijo: «Señor Aguilera: hablar de eso en el Senado, es una coacción y una amenaza que el Senado no puede consentir». A lo que Aguilera respondió: «El Senado ha podido estar más considerado conmigo… A los hombres de buena fe ¡cómo se les quiere tratar!».

    La agitación en el salón continuaba y cuando parecía que se calmaban algo los ánimos pidió la palabra el presidente del Consejo de Ministros. El marqués de Alhucemas agradeció las palabras que había tenido Aguilera para el Gobierno, pero ante el asunto de un posible suplicatorio como consecuencia de la carta y las declaraciones del general con ciertas connotaciones subversivas, fue bastante contundente al afirmar que «de la tramitación que se dé al asunto no quiero hablar; pero sea el que fuere el final que tenga, siendo un final acordado por el Senado, ese final tiene que merecer el respeto de todo el mundo, de los de dentro y de los de fuera, de los civiles y de los militares. Y si alguien intentara hacer otra cosa, y por su fuerza y número pudiera más que la representación parlamentaria, yo tengo que decir al Sr. Aguilera y tengo que asegurar al país y que declarar ante la Historia, que esa fuerza pasaría por encima de los cadáveres de todos nosotros»[6].

    Estas palabras fueron acogidas con una estruendosa ovación y aplausos que duraron largo rato. Acto seguido tomó la palabra el senador Sánchez de Toca con el fin de intentar aclarar las sensaciones que experimentó al recibir la carta y ver la clara incitación al duelo que transmitía la misma. Su «convicción y conciencia cristiana respecto al duelo» no podían más que rechazarlo, además que el hecho de venir planteado por un alto cargo de un Tribunal de Justicia, como el presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina, no tenía cabida ninguna, ya que el duelo se encontraba prohibido en la legislación vigente. Sánchez de Toca insistió en recalcar que no hubo en él ninguna intención de faltar u ofender al general Aguilera ni al Consejo que presidía en la sesión del 28 de junio. «Me parecía el suplicatorio de carácter irregular, que implicaba gravísimas cuestiones de derecho público constitucional, que se lesionaban cosas enormísimas ahí; y eso es lo que sostuve»[7], siguió indicando Sánchez de Toca e insistiendo en que Aguilera le diga qué palabras ofensivas encontró hacia él.

    El general persistió en su posición. Continuó afirmando que se le había insultado a él y al Consejo Supremo de Guerra y Marina y «para terminar el incidente. Yo respeto al Senado, pero sostengo mi carta. Nada más»[8]. Volvieron a aumentar los rumores y las protestas, el orden se perdió por completo en el Salón de Sesiones. Entre los asientos del fondo del salón a la derecha se formó un tumulto. Dos diputados, don Diego Martín Veloz y don Juan Mirat Domínguez empezaron a agredirse. Según parece, tras esas últimas palabras de Aguilera, Martín Veloz le dijo a Mirat: «Ese es un hombre, y no usted, que no lo es».

    Don Juan Mirat se levantó de su asiento y le asestó con el bastón tal golpe en la región temporal derecha que le abrió una herida por la que empezó a sangrar. Martín Veloz cayó al suelo y al intentarse poner en pie sacó una pistola del calibre 9 que apuntó a Mirat. El senador don Arturo Soria y Hernández se echó sobre Martín Veloz para arrebatarle la pistola. Lo mismo hizo el diputado don Indalecio Prieto Tuero. Forcejearon durante cinco minutos hasta que un ujier consiguió hacerse con la pistola y llevársela al presidente de la Cámara.

    Durante un cuarto de hora el Salón de Sesiones se convirtió en un hervidero de protestas, gritos y confusión. Finalmente, tras expulsar del salón a los dos diputados, el tumulto se calmó y el conde de Romanones tomó la palabra:

    «Señores Senadores, es lamentable el espectáculo que se está dando, y yo ruego a todos que guarden orden. Los debates los dirige la Presidencia y en ningún caso las imposiciones de la fuerza material. Yo ruego a los Sres. Senadores que se sienten.

    Al mismo tiempo he de hacer constar que el lamentable incidente se ha producido entre dos espectadores, siquiera ellos sean Diputados, no entre Senadores.»[9]

    A continuación habló el ministro de la Guerra, el general Aizpuru, para dejar claro que él siempre había defendido al Consejo Supremo de Guerra y Marina y a todos los organismos militares, pero que en el Senado nadie había ofendido al Consejo.


Caricaturas de Sánchez de Toca, Aguilera, Sánchez Guerra y Aizpuru.
Blanco y Negro, 15 de julio de 1923, p. 19.

    El presidente del Senado en un último intento por cerrar el asunto de forma satisfactoria volvió a insistir a Aguilera para que explicase qué palabras de las dichas por Sánchez de Toca le habían ofendido y le recordó que la inviolabilidad era un atributo principal del Parlamento, así como su independencia absoluta, ya que «sólo dentro del Parlamento se dirimen los problemas en el Parlamento presentados. La opinión de fuera queda detenida en los muros de esta casa. Aquí no puede penetrar, ni penetrará mientras ocupe yo la Presidencia». El general Aguilera se reafirmó en su postura de mantener la carta y se limitó a decir que ésta «rechazaba ofensas, no sólo las que se me hicieron en el Salón de sesiones, sino fuera de él, en los pasillos del Senado».

    Antes de dar por concluido el asunto sin dar una solución satisfactoria al mismo, el conde del Moral de Calatrava solicitó que las manifestaciones expuestas en los discursos, en especial las del general Aguilera, se mantuviesen sin alterar en el Diario de Sesiones, pero no fue así ya que el propio militar las corregiría posteriormente y eliminaría varias de las palabras que dirigió a la Cámara, y que por tanto no figuran en el Diario de Sesiones.

    Terminado el debate, el marqués de Alhucemas abandonó el salón entre aplausos y algunos senadores lo acompañaron hasta el despacho de Sres. Ministros dando vivas al Poder civil. En el salón se dio paso al orden del día, pero era tanta la alteración que seguía existiendo que el presidente a las cinco y diez minutos suspendió la sesión. Media hora más tarde, se volvió a reanudar, pero cinco minutos después se levantó definitivamente la sesión.

    En su despacho, el conde de Romanones habló con los diputados Martín Veloz y Mirat y los envió al Congreso de los Diputados acompañados por el secretario de la Mesa don Juan Ranero y Rivas, para poner en conocimiento del presidente de esa Cámara, don Melquíades Álvarez, el incidente ocurrido. Al recibir las explicaciones de ambos, el presidente transmitió por carta al del Senado su profundo pesar por lo sucedido.


Salida de José Sánchez Guerra y del general Aguilera del Palacio del Senado.
ABC, 6 de julio de 1923, nº6397, p. 3.

    El general Aguilera permaneció sentado en el Salón de Conferencias hasta cerca de las seis de la tarde, rodeado de amigos, y marchó a su casa donde siguió recibiendo numerosas visitas como la noche anterior. Llegó incluso a formarse un grupo del orden de 200 personas frente a su domicilio en la calle Juan de Mena, pero cuando se disponían a mostrar su simpatía y lanzar vivas por el general, la presencia de los fotógrafos los cohibió y se fueron marchando hacia el Ateneo y el Círculo Militar, quedando disuelta aquella concentración.

    El día no concluiría sin otra mala noticia para el Senado. El Oficial Mayor de la Cámara, don Moisés García Muñoz, debido a los altercados ocurridos y la alteración producida sufrió un infarto en su despacho y fue trasladado a su domicilio en estado grave. Afortunadamente, pudo recuperarse con el paso de los días.

    Al día siguiente, el 6 de julio, los ánimos se fueron calmando. La gente acudió rápidamente a hacerse con el Diario de Sesiones para leer el debate del día anterior, pero cundió la decepción al ver que el general Aguilera había corregido sus frases. Lo ocurrido el 5 de julio de 1923 en el Senado tuvo su huella en el desenlace de los acontecimientos que estaban por venir en la historia de España. Aquella bofetada dada por Sánchez Guerra al general Aguilera supuso descartarlo como cabeza del golpe de Estado que se estaba gestando.

    También, lo vivido en esos días evidenció la situación real de un régimen al que le quedaba poco tiempo de existencia. Así lo supo ver de forma certera el senador don José María González de Echévarri y Vivanco, que en la sesión del 6 de julio diría:

    «Como enemigo que soy del régimen parlamentario, hablo, siquiera sea en calidad de estrambote, para felicitarme de ver cómo ayer quedó todo ese sistema por los suelos. Efectivamente, toda la sesión de ayer fue eso: las últimas consecuencias de un sistema bochornoso que agoniza.»[10]

    Tal era la agonía, que unos meses después, el 13 de septiembre de 1923, el tan anunciado golpe se hacía realidad. El capitán general de Cataluña, don Miguel Primo de Rivera, implantaba un Directorio Militar con él como Jefe del Gobierno, poniéndose así fin al régimen nacido de la constitución de 1876.



[1] Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados, 5 de julio de 1923, nº23, p.755.

[2] SOLDEVILLA Fernando, El año político 1923, Imprenta y encuadernación de Julio Cosano, 1924, p. 231.

[3] El Siglo Futuro, 5 de julio de 1923, nº4971, p. 3.

[4] Diario de Sesiones del Senado, 5 de julio de 1923, nº26, p. 474.

[5] Ibídem, p. 475.

[6] Ídem.

[7] Ibídem, p. 476.

[8] Ibídem, p. 477.

[9] Ídem.

[10] Diario de Sesiones del Senado, 6 de julio de 1923, nº27, p. 483.

Otras fuentes:

- ABC, 6, 7 y 8 de julio de 1923.

- El Imparcial, 6 de julio de 1923.

- El Siglo Futuro, 5, 6 y 7 de julio de 1923.

- La Acción, 6 de julio de 1923.

- La Época, 5 de julio de 1923.

01 febrero 2021

Escándalo en el Senado (I): la carta del general Aguilera

    «En el Senado se promueven varios escándalos». Así titulaba El Siglo Futuro del 5 de julio de 1923 los graves sucesos ocurridos en la Alta Cámara. Y es que en raras ocasiones el Senado ha sido el centro del interés político a lo largo de su historia y más raro todavía que lo fuese durante casi una semana. Pero los sucesos ocurridos durante la primera semana del mes de julio de 1923 quedarían marcados para siempre en la historia de este Cuerpo Colegislador. Bien es cierto que lo que en esos días se vivió en el Senado no fue más que el fiel reflejo de lo que se venía viviendo en España desde hacía más de una década: crisis; bien política, militar o social. Los rumores de un golpe de Estado eran cada vez más insistentes.

    En el Senado se estaba tramitando durante el primer semestre del año el suplicatorio del general Berenguer. Debido a su condición de senador vitalicio, designado por R.D. de 3 de enero de 1921, el Consejo Supremo de Guerra y Marina solicitó el suplicatorio para poderlo procesar por sus responsabilidades como Alto Comisario de España en el Protectorado de Marruecos durante la derrota de Annual[1] (22 de julio de 1921) y el posterior asedio y rendición de Monte Arruit. Aquella derrota causó un profundo malestar en la sociedad y política españolas. Vendría a ahondar la crisis que ya vivía el régimen al sumarle un enfrentamiento entre sectores civiles y militares.

    En la sesión del 28 de junio de 1923, el senador don Joaquín Sánchez de Toca[2] hizo una defensa del general Berenguer y mostró su disconformidad con la concesión del suplicatorio: «me parece que es un mal precedente que no debemos consentir en esta Cámara». Argumentó los problemas constitucionales que implicaba el suplicatorio:

    «Este suplicatorio vino aquí, me parece, que el 8, el 10 o el 14 de noviembre de 1922; estaba yo presidiendo la Cámara. Dos días antes había tenido una primera noticia extraoficial, […] y el mismo día o al siguiente de tener confirmación de que eso iba a acontecer, recibí a las nueve de la noche, por venir el Oficial Mayor de esta Cámara a entregármelo, el pliego del suplicatorio. Me lo traía a mi casa por la circunstancia de faltarle un requisito esencial, de ley, aunque adjetivo. Ese suplicatorio no venía con los sellos, cautela que con mucha previsión impone nuestro régimen de suplicatorios en las dos Cámaras. Deben venir sellados a través de sus respectivas jurisdicciones, de la suprema autoridad de la respectiva jurisdicción, por Gracia y Justicia o por el Ministerio de la Guerra si es el Consejo Supremo de Guerra y Marina quien solicita el suplicatorio. Venía sin los sellos».[3]


Joaquín Sánchez de Toca y Calvo, marqués de Toca. 1909.
Luis Menéndez Pidal. Senado. 

    A pesar de su posición en contra, Sánchez de Toca solicitó al Senado que en atención a lo que pidió en la sesión del 5 de diciembre de 1922 el general Berenguer, se concediese el suplicatorio. Además, solicitaba que la votación no fuese por bolas o nominal, sino por unanimidad, a lo cual se atendió y quedó aprobado el suplicatorio.

    Hasta aquí nada podía presagiar lo que ocurriría días más tarde. A las diez de la noche del sábado 30 de junio el conde de Romanones, presidente del Senado, se encontraba en su finca de Miralcampo cuando recibió una llamada telefónica de Sánchez de Toca. Éste le informaba de una insultante y amenazadora carta que había recibido momentos antes (a las nueve de la noche) por parte del presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina, el general Francisco Aguilera y Egea, y que por sus formas consideraba que debía leer ante el Senado. Debido al mal estado de la línea telefónica acordaron que no dirían nada de la carta y que ya se verían en Madrid.


Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones. 
José María López Mezquita (copia de Dolores Sánchez Bravo). Senado.

    El martes 3 de julio, llegó Romanones a las diez de la mañana a la capital y acudió al domicilio de Sánchez de Toca que le dio a leer la siguiente carta:

 

El presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina.

30 de junio de 1923.

Excmo. Sr. D. Joaquín Sánchez de Toca.

Muy señor mío: En el Diario de Sesiones del jueves, 28 de este mes de junio, he leído su discurso, en el que falta a la verdad. En él se dice que el suplicatorio del Sr. Berenguer no se le había mandado a usted, en aquella época Presidente del Senado, con arreglo a las costumbres establecidas y por conducto del Ministro de la Guerra, empleando adjetivos muy suyos. Como esta maldad de usted va dirigida contra mi persona como presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina, maldad muy en armonía con su moral deprabada [sic], he de manifestarle que la repetición de este caso u otro análogo me obligará a proceder con usted con el rigor y energía que se merecen los hombres de su calaña.

Queda a sus órdenes,

Francisco de Aguilera.

 

    El conde de Romanones quedó impresionado por la carta que acababa de leer y suplicó a Sánchez de Toca que no la leyese ante la Cámara, ya que tal era su intención. El senador conservador mantuvo su postura, puesto que consideraba que dar lectura a la carta en el Senado no era una defensa propia sino hacer valer y defender los fueros y prerrogativas del alto Cuerpo Colegislador, ya que la carta constituía un ataque y amenaza a la inviolabilidad de un senador por sus discursos en sede parlamentaria. Tras marcharse, Romanones acudió al Senado y telefoneó al Palacio Real con el fin de ponerse en contacto con el presidente del Consejo de Ministros, el marqués de Alhucemas, que en esos momentos se encontraba allí. Ante la urgencia mostrada por Romanones, don Manuel García Prieto acudió a la Alta Cámara para reunirse con él y hablaron sobre la intención de Sánchez de Toca. El ataque a la inviolabilidad de un senador por parte del presidente de un organismo del Estado, como el Consejo Supremo de Guerra y Marina, sólo tenía un camino: acudir al Tribunal Supremo. Terminada la reunión con el marqués de Alhucemas, Romanones llamó al general Aguilera por si quería acudir a la sesión de la tarde a dar explicaciones, pero lo rechazó.

    Al poco de pasar la tres de la tarde, don Joaquín Sánchez de Toca llegó al Senado y acudió directo al despacho del presidente. La noticia de que algo importante iba a suceder se respiraba en el ambiente. Varios periodistas preguntaron al senador por su intención de leer la carta, algo que él confirmó, aumentándose con esto la expectación. Dentro del despacho se encontraban reunidos los dos presidentes, el del Senado y el del Consejo de Ministros, y el senador Sánchez de Toca. En el despacho central de la presidencia aguardaban los ministros del Gobierno a la espera de saber el desenlace de la reunión, al igual que numerosos senadores, periodistas y otros políticos como el diputado don José Sánchez Guerra[4], jefe del Partido Conservador. Finalmente, salieron los tres y comunicaron lo que todos ya esperaban que sucedería: la carta se iba a leer en el Salón de Sesiones.

    Se abrió la sesión a las tres y cincuenta y cinco minutos de la tarde. Tras algunos asuntos, el conde de Romanones dio la palabra al Sr. Sánchez de Toca que se puso en pie. Pasó a relatar cómo recibió la carta la noche del sábado 30 de junio y procedió a leerla ante la Cámara allí reunida. Los rumores y protestas durante la lectura fueron numerosos, «¡qué atrocidad!» exclamaron varios senadores. Tras la lectura de la carta continuó:

    «No sé si en algún Parlamento habrá precedente de caso parecido, sobre todo procediendo de una autoridad tan eminente como la que significa presidir el Consejo Supremo de Guerra y Marina. En España, a pesar de lo accidentado de nuestra vida constitucional, precedente como este no se registra. Yo creo que, por lo que significa el principio de inviolabilidad de los discursos y opiniones en el salón de sesiones de nuestro Parlamento, como fundamentales esencias del mismo régimen, este caso está en la categoría de esos excepcionales que los romanos decían de ‘’res’’ pública, en los cuales los cónsules proveían.

    En la tarde de hoy, a mi entender, sobre esto no cabe incidencia ninguna. En todos ha de presidir la serenidad suficiente para que el acto de hoy se reduzca a recibir el documento y darle la tramitación que le corresponda».[5]

    Acto seguido el senador don José Villalba Riquelme solicitó la palabra con el fin de «defender a un ausente» en alusión al general Aguilera, pero fueron tales los rumores y las protestas que se levantaron entre los escaños y en las tribunas que el presidente hubo de llamar al orden agitando la campanilla fuertemente. Romanones denegó la palabra al general Villalba y éste lo acató sentándose de nuevo. El presidente dio por cerrado el asunto, pero entre los senadores se alzaron voces insistentes que decían: «¿Y el Gobierno?». Atendiendo a esta demanda, el marqués de Alhucemas pidió la palabra para agradecer la mesura y prudencia mostradas por el Sr. Sánchez de Toca y añadir que la Presidencia del Senado, una vez que ha tenido en su poder el documento, lo trasladará al fiscal del Tribunal Supremo para darle el correspondiente trámite. Por todo lo cual, el Gobierno a través de él lamentaba el incidente ocurrido.

    Antes de la sesión, el presidente ya se había asesorado por el Oficial Mayor del Senado, don Moisés García Muñoz, y tenía claro que había que dar cuenta de todo al fiscal del Tribunal Supremo. Por eso, durante la sesión se ausentó de la presidencia y conferenció en su despacho con los ministros de Gracia y Justicia, don Antonio López Muñoz; y de Guerra, el general Luis Aizpuru Mondéjar. La finalidad de la reunión era dar a conocer a ambos su intención de entregar la carta al fiscal del Tribunal Supremo y quería tener la deferencia de comunicárselo antes al general Aizpuru, ya que don Francisco Aguilera además de senador era militar.

    La sesión se levantó a las seis y cuarto, y Romanones pasó a su despacho para conversar con el fiscal del Tribunal Supremo, don José Lladó Vallés, al que puso al corriente de lo sucedido. A su salida, Lladó se limitaría a decir a los periodistas que «este es un caso que se estudia y se resuelve en quince minutos».

    Al día siguiente, el miércoles 4 de julio, la expectación se seguía manteniendo. Se difundió la noticia de que el general Aguilera acudiría al Senado a hablar ante la Cámara. El propio general había declarado a un periodista los motivos por los que remitió tan dura carta a su compañero senatorial y aseguraba no sentirse sorprendido por «lo dicho por el Sr. Sánchez de Toca, ni aun siquiera la forma en que se produjo el conde de Romanones, porque, al fin y al cabo, la actitud de uno y otro ha correspondido a la que con anterioridad venían adoptando ante la actuación del Tribunal que presido. Como presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina he sido atacado, y he podido y he debido defenderme. Si el Sr. Sánchez de Toca es senador, también lo soy yo, y no podrá decirse en ningún momento que yo, por hallarme colocado en plano distinto a dicho parlamentario, trate de mermar las prerrogativas de éste».[6]

    A las tres de la tarde el Senado ya experimentaba una gran animación. El conde de Romanones confirmó a los periodistas allí reunidos que, a petición hecha por el general Aguilera, éste hablaría ante la Cámara esa tarde. En seguida se reunió en su despacho con el presidente del Consejo de Ministros y el capitán general de Madrid, don Diego Muñoz Cobos. ¿De qué hablaron? Seguramente de la preocupación que tenía el Gobierno por las noticias que le habían llegado de la inminente manifestación de oficiales del Ejército que se estaba proyectando ante el domicilio del general Aguilera con el fin de exteriorizar su simpatía y apoyo por su actitud. Según se comentaba, la intención era ir de paisano al Café de la Bolsa y desde allí destacar comisiones que se acercasen hasta su domicilio en la calle Juan de Mena, 3.

    El conde de Romanones tuvo que ausentarse de esta reunión para dar comienzo a la sesión a las tres y cincuenta y cinco minutos. Pasadas las cuatro de la tarde llegó al Senado el general Aguilera y uno de los secretarios de la Mesa le informó de que el presidente quería hablar con él. Esperó mientras en el despacho junto con el marqués de Alhucemas y el general Muñoz Cobos. Enterado de su llegada, el conde de Romanones delegó la presidencia de la sesión en el vicepresidente de la Cámara, el marqués de Pilares, y acudió a su despacho. Al entrar, el marqués de Alhucemas se despidió y marchó al Congreso, quedando los otros tres reunidos hasta las cinco de la tarde. A la salida no quisieron hablar a la prensa congregada, solamente el general Aguilera confirmó que «continúo en mi propósito de hablar a primera hora de la sesión de mañana» e interpelado sobre si entraría en el salón de sesiones dijo que «desde luego, voy a entrar con el propósito de que me vean». Y así hizo rodeado de numerosos partidarios.

    Fuera del Senado, en la Capitanía general de Madrid, el capitán general Muñoz Cobos se reunió con los jefes del Cuerpo de la guarnición de Madrid con el fin de darles órdenes de que todos sus miembros desistiesen de acudir por la noche al domicilio del general Aguilera. A pesar de todo, la asistencia fue muy concurrida. El apoyo que había recibido el presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina fue considerable. Había recibido cartas, tarjetas y del orden de 500 telegramas de adhesión y felicitación desde Madrid, Barcelona, Burgos, Zaragoza, Valencia y hasta desde Cuba. Incluso en el Ateneo acordaron nombrarlo socio de honor y que los ateneístas acudiesen a las ocho en manifestación a mostrarle sus simpatías.

    A las diez de la noche los alrededores de la calle Juan de Mena estaban llenos de efectivos de la Policía afectos a la brigada móvil y a la primera brigada. Media hora después, los jardines del Café de la Bolsa que daban a la casa del general Aguilera estaban repletos de jefes y oficiales de todas las Armas de la guarnición de Madrid. Jefes y oficiales del Ejército poblaban las mesas del café, mientras se formaban grupos de 25-30 personas para ir a casa del general. Este «desfile militar» en la calle Juan de Mena duró unas dos horas, hasta más de las doce de la noche. Entre los visitantes más destacados se encontraban los generales Sánchez Ortega, Tovar, Ayala, García Moreno, Villanova, Villalba, Villegas, Díaz del Rivero, Anca, Aguado, Fidrich y Barreiro; el coronel Riquelme; el jefe de la Armada, Sr. Berenguer; el jefe de los Regulares de Larache, Sr. González Carrasco; el teniente coronel de Regulares de Melilla, Sr. Núñez de Prado; senadores, diputados y una Comisión del Ateneo integrada por diversos escritores[7].


El general Francisco Aguilera en su domicilio con algunos de los militares que acudieron a felicitarlo.
Mundo Gráfico, 11 de julio de 1923, nº610.

    Durante la noche el general Aguilera también recibió la visita del capitán general de Madrid, el Sr. Muñoz Cobos, y del gobernador militar de Madrid, el general Juan O’Donnell, III duque de Tetuán. Ambos, tras saludar a Aguilera, marcharon al Ministerio de la Guerra donde conferenciaron con el ministro, el general Aizpuru. Éste tuvo que comunicar esa misma madrugada a la prensa que la presencia de estos dos militares en casa de Aguilera en absoluto suponía una representación de la guarnición de Madrid.

    Y así es como concluyó el miércoles 4 de julio. Nadie podía siquiera sospechar los diversos escándalos que tendrían lugar al día siguiente en el Senado y que de una forma u otra marcarían el devenir de la historia de España.



[1] Cabe destacar durante la derrota de Annual la heroica entrega del Regimiento de Cazadores de Alcántara, 14 de Caballería, al proteger la retirada de las tropas españolas desde Annual hasta Monte Arruit sufriendo un 77% de bajas. Por esta heroica labor le fue concedida al Regimiento en 2012 la Cruz Laureada de San Fernando, como Laureada Colectiva.

[2] Político del Partido Conservador, alcalde de Madrid en dos ocasiones (1896 y 1907), ministro de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas (1900), ministro de Marina (1902), ministro de Gracia y Justicia (1903), presidente del Consejo de Ministros (1919), senador vitalicio desde 1899 y presidente del Senado en cinco legislaturas (1914-1915, 1915-1916, 1919-1920, 1921-1922 y 1922-1923).

[3] Diario de Sesiones del Senado, 28 de junio de 1923, nº22, pp. 405-406.

[4] Comenzó en la política como miembro del Partido Liberal, pero al comenzar el siglo XX se pasó a las filas del Partido Conservador. Fue ministro de la Gobernación (1903-1904, 1913-1915, 1917), ministro de Fomento (1908-1909), presidente del Congreso de los Diputados (1919-1920, 1921-1922), jefe del Partido Conservador tras ser asesinado don Eduardo Dato en 1921, y presidente del Consejo de Ministros (1922)

[5] Diario de Sesiones del Senado, 3 de julio de 1923, nº24, pp. 424-425.

[6] SOLDEVILLA Fernando, El año político 1923, Imprenta y encuadernación de Julio Cosano, 1924, p. 228.

[7] Ibídem, p. 229.

Otras fuentes:

- ABC, 4 y 5 de julio de 1923.

- El Siglo Futuro, 3 y 4 de julio de 1923.

- La Acción, 3 de julio de 1923.

- La Correspondencia de España, 3 de julio de 1923, nº23642.

- La Época, 3 y 4 de julio de 1923.